El viaje termina con el primer baño.
Hasta entonces, una parte de ti sigue en el aeropuerto: el último café, el mensaje contestado junto a la cinta de equipajes, ese amigo que casi no llega a la puerta de embarque. Entonces sacas la cabeza del agua, oyes la orilla desde el otro lado y te das cuenta de que, ahora sí, habéis llegado todos.
Estos tres días tienen tres texturas distintas: los acantilados del este y una comida larga; Eivissa, desde la hora del museo hasta las luces de la noche; después, las carreteras entre pinos y la bahía de Benirràs, en el norte. Cada jornada se mueve por una zona coherente de la isla. Lo suficiente para descubrir algo y lo bastante despacio para disfrutar de haberlo encontrado.
Deja los vuelos fuera de estos tres días completos. Llegar el viernes por la noche y volver el lunes por la mañana os deja dos; para ese viaje, utiliza Un fin de semana largo. Si hay una fiesta a la que no queréis faltar, lleva el día de la ciudad a su fecha real y deja que la mañana siguiente empiece más tarde.










