Venías a buscar algo que llevarte a casa. Quien está detrás del puesto te da un motivo para quedarte.
Un mercado invita a relacionarte con el lugar de otra manera. En vez de recibir una carta, tienes que tomar una pequeña decisión: qué tomates, cuánto pan, si ese color de camisa va realmente contigo. Después, alguien pesa la bolsa, explica el objeto o busca otra talla. El intercambio es corriente, y parte de su encanto está ahí.
Ibiza tiene varias versiones de esa mañana. Forada reúne a productores y artesanos en un cruce de caminos del campo. Mercat Nou pone la cena en manos de cualquiera que se anime a preguntar al pescadero. Las Dalias y Punta Arabí invitan a comprar con algo más de imaginación; Sant Jordi ofrece el placer de lo que ya ha tenido uso. En Sant Joan, el propio pueblo discurre entre los puestos.
Ve con hambre o con un interés, y con margen para que cambie. Una buena compra de mercado puede ser tan modesta como la fruta que todos comen a la vuelta.



















